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Don't judge the picture by the frame, every man is not the same {Privado}

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Don't judge the picture by the frame, every man is not the same {Privado}

Mensaje por Bella N. Travaglini el Mar Dic 27, 2011 8:13 pm

Hacía unos meses que vivía en el castillo; y ya casi podía sentirlo como un segundo hogar. Seguro; tenía un millón de comodidades que ni en sueños hubiera logrado tener mientras vivía modestamente con su padre, pero eran las personas dentro del castillo los que la hacían sentirse en casa. Incluso el príncipe, a pesar de que, solía gritar por la cosa más mínima, y explotar en oleadas de ira que arrasaban con cualquiera en varios metros a la redonda. Bella comenzaba a sentir cariño por él, aunque, no se atrevía a aceptar tal conclusión en voz alta. No era por orgullo, ni por nada especial; simplemente no podía encariñarse con su captor, ni siquiera cuando este la llenara de lujos, obsequios y días maravillosos.

Esa tarde en particular, Adam había sido un cabeza de chorlito. Bella no entendía porque el príncipe seguía comportándose un momento como un sueño hecho realidad, y al siguiente, como un completo y total… estúpido. Parpadeó con rapidez por el rumbo de sus pensamientos, jamás había utilizado ese tipo de palabras altisonantes, ni siquiera para referirse a Gastón, pero no podía evitar sentirse contrariada y molesta. Él podía ser un príncipe y su sangre ser tan azul como sus ojos o el cielo mismo; pero eso no le daba derecho de tratarla como si fuera basura. No se quejaba en voz alta, porque al final del día, Bella era una prisionera, no una invitada de honor, y temía que sí exponía lo que pasaba por su cabeza, Adam tomara represalias en su contra. O peor aún, en contra de su enfermo padre.

Así que para intentar olvidar el trago amargo de unos minutos antes, Bella corrió a la biblioteca, eligiendo un libro al azar –notando solo que en la portada del mismo, había un hombre de ojos tristes y un lobo a sus pies –, para luego dirigirse de vuelta a su habitación. Planeaba encerrarse ahí hasta que el resentido hombre aprendiera como disculparse, aunque eso le llevara la vida entera. Por un instante se pudo ver a sí misma, solo huesos y a dos segundos de una solitaria muerte, mientras Adam, seguía obstinado, incapaz de pronunciar un “lo siento”. Poco a poco, sus labios se curvaron en una sonrisa, que terminó en una carcajada sonora. Se reía, porque, ese escenario, era el más probable. Los hombres no tenían ni la más mínima idea de cómo dirigirse a una mujer; por suerte para el príncipe, Bella no era del tipo rencoroso.

Suspiró, dejando escapar todo el aire de sus pulmones, mientras acariciaba el lomo del libro; si quería volver a respirar con tranquilidad, en un ambiente limpio de hostilidad, debía ser ella quien buscara a Adam. Arrugó el entrecejo con derrota, colocó el libro con suavidad sobre la superficie suave del mullido colchón; se alisó el vestido y apartó un par de mechones de cabello que obstaculizaban su vista.

Con paso lento, pero sin pausa, se encaminó al ala de la casa que estaba terminantemente prohibida, para todo el mundo pero en la cual, siempre podía encontrarlo, ese lugar parecía hechizarlo, puesto que el hombre pasaba horas y horas observando la rosa en el frasco de cristal, perder sus pétalos. Subió los escalones repitiendo mentalmente el discurso que le daría acerca de ser una mejor persona si es que esperaba limpiar la imagen de bestia que tenía frente al mundo. La castaña, odiaba el apodo con el que las personas lo señalaban; Adam era un hombre normal, rubio, galante y ameno, cuando quería serlo, aunque claro, su carácter era comparable con el de un animal herido y asustado.

Llegó por fin frente a la imponente puerta de madera decorada; pero antes de que sus nudillos pudieran golpear la superficie, escuchó un ruido dentro. Pisadas apresuradas, pero… no sonaban a las de Adam. Por imposible que pareciera, Bella había memorizado el sonido que provocaba el hombre, y en definitiva, no se trataba de él. Giró la perilla, empujando con suavidad, para asomarse dentro – ¿Adam? –preguntó a pesar de que sabía a ciencia cierta que no era él.



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Re: Don't judge the picture by the frame, every man is not the same {Privado}

Mensaje por Jack Sparrow el Mar Dic 27, 2011 11:03 pm

"¡Se acercan los piratas!", era lo que decía la pacífica población del Reino de Carignano, a Jack y a su tripulación sencillamente les causó demasiada gracia, más que todo si el Capitán Sparrow fue quien sembró ese miedo en la gente, así los ojos de los guardias y de todos podrían estar pendientes de los piratas que nunca llegaran mientras ellos caminaban por las tranquilas calles del Reino sin el temor de que los encarcelaran mientras tomaban provisiones y descansaban hasta el momento en que tuvieran que zarpar de nuevo al océano.
Jack miraba todo a su alrededor, nunca había pisado el puerto de ese Reino y tal parece que nadie lo reconocía y menos al Perla Negra aunque no era exactamente un barco elegante, estaba más tranquilo, quizás hasta disfrute de su estadía en ese lugar. Pronto, algo llamó la atención de ese Reino, un castillo que no entendía como no se había dado cuenta de que estaba justo al frente de sus narices, muchas cosas pasaban por su mente, la curiosidad de ve que había dentro, quien vivía ahí y lo más importante, que puede robar de ese sitio.

Mientras todos disfrutaban por separado, Jack se embarcó hacia el palacio, con mucha habilidad y cuidado para que nadie pudiese verlo, no fue tan dificil, igual no era algo que no hubiese hecho antes, era muy bueno infiltrandose sin que nadie lo viera. Estuvo buscando una ventana abierta que le permitiera pasar, eso le tomó un tiempo.

-¡Voilá! -Exclamó al poder abrir una de las ventanas, con cuidado entró al interior del palacio y miró a su alrededor por si había algún delator cerca-. No hay moros en la costa, ahora veamos -Giró la cabeza 180°, había varios pasillos y no se decidía-. Ah... cierto... -Regristró entre su ropa y saco su brújula, cerró los ojos-. "Quiero lo más valioso de este castillo, quiero lo más valioso de este castillo, quiero lo más valioso de este castillo" -Repetía así mismo eso mientras cerraba los ojos, acto seguido abrió la tapa de la brújula y los ojos al mismo tiempo, efectivamente su artefacto señalaba hacia una dirección, cosa que hizo sonreír de lado a Jack.

Caminó con sumo cuidado entre los pasillos escondiendose entre las cortinas para que no lo viera nadie, ciertamente algo muy exagerado ya que no se escuchaba ni un alma en el castillo, más fácil para él pero más preocupante de alguna forma.
La brújula lo llevó hasta una enorme puerta decorada finamente, los excéntricos siempre guardan sus objetos más preciados en lugares como esto, giró el cerrojo y entró a la habitación... manos a la obra.
Estuvo buscando de arriba a abajo algo valioso, tomó una que otra cosa que le llamara la atención, hasta que una voz de mujer interrumpió su robo, no se lo esperaba, se había confiado demasiado en el silencio del lugar que ya de por si le daba mala espina, aún así se calmó y se dirigió cerca de la puerta y sacó su espada.

-Yo que tú no haría ninguna clase de ruido princesita -Sonrió pero hablaba en serio.

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Re: Don't judge the picture by the frame, every man is not the same {Privado}

Mensaje por Adam Di Giudici el Sáb Ene 14, 2012 4:23 am

Habían discutido. De nuevo. Adam había terminado tan irritado que no se aguantaba ni a sí mismo. Apenas todo hubo finalizado se retiró de la cocina de un portazo, dejando a Bella sola. Siempre todo terminaba de esa forma, con él saliendo a grandes zancadas y casi arrojando la puerta abajo. Casi que se le había hecho costumbre. Y por eso mismo es que yacía sentado frente a una mesa redonda con un mazo de cartas y un vaso de licor a un costado. No bebía, pero había optado por probarlo, asegurándose que era asqueroso. Ya no le alcanzaban partidas del solitario para mantener su cabeza apartada de lo sucedido, pero más que nada, de ella. La muchacha lo traía loco, suponiendo todos los significados que eso pudiera tener, desde que le parecía la mujer más hermosa del universo, hasta que sus actitudes lo hacían explotar como un bicho. Ella tenía personalidad, y eso era algo que Adam no podía aceptar. No estaba acostumbrado a que alguien lo enfrentara, o que decidiera no comer con él una noche, incluso que se comportase como la más increíble persona existente y soñada, ilusionándolo, para luego darse cuenta que nunca estarían juntos y que ella jamás lo amaría. No, nada podría romper su maldición; nada.

Tenía que disculparse, pero ni ebrio que lo haría. Era ella con frecuencia la que terminaba optando por olvidar lo sucedido, y hacer como si nada hubiese pasado para seguir con una vida normal; claro, hasta que volviera a desatarse un enfrentamiento. Adam estaba cansado, no de eso sino de su vida. Se estaba muriendo, lo sabía, pero no había forma de revertirlo. Suspiró, dejándose caer sobre el asiento acolchonado después de otra partida de aquel juego de cartas. La noche inundaba el castillo y el silencio lo abrumaba, tal como la tranquilidad. Era hora de volver a la cama. Podría pasar por la habitación de Bella, para saber si estaba bien, pero algo en su cabeza le dijo que quizás se encontraba en la biblioteca. Se puso de pie y en pocos segundos abandonó uno de los cuartos del primer piso, cercano al comedor, en la cual había pasado todo el tiempo. Incluso, no había cenado, y dudaba que ella lo hubiese hecho también.

Al entrar en la biblioteca no se encontró con su presencia. No le sorprendió ya que, gracias al horario, ella podría estar durmiendo tranquilamente. Pretendía echarle una ojeada antes de retirarse a su alcoba para contemplar la rosa desfallecer como lo hacía nada noche, antes de caer en un sueño ligero. Hacía bastante tiempo que no tenía un ataque, situación que le sorprendía, mas al pensar en ello decidió apartarlo con rapidez; no quería llamar a su mala suerte. Se encaminó hacia la habitación de Bella y asomó la cabeza al percatarse que la puerta estaba abierta. No obstante, siquiera una presencia humana, ni animal, ni nada por el estilo. –Bella, ¿Estás aquí? –preguntó. Ninguna respuesta. Eso ya no olía para nada bien. El castillo estaba desierto, los sirvientes ya dormían, y Bella no se encontraba en su habitación. De repente, su corazón muerto dio un vuelvo. –Si está en mi alcoba, la mataré –susurró, echando a correr hacia ese lugar. Por supuesto, no hablaba en serio, pero las palabras se habían escapado de su boca sin que las pensara con anterioridad. Le aterraba que ella conociera más acerca de su maldición. Corrió hacia la otra punta del segundo piso pero se detuvo en seco al notar la gran puerta de roble abierta, y una voz masculina, que no era la suya…

¿Princesita? ¿Cómo demonios se atrevía a llamarla así? Apretó el puño mientras escuchaba detrás del portón. Le había quitado la espada a una de las estatuas que decoraba el pasillo camino a su dormitorio, pero le pesaba y le resultaba muy incómoda. Asomó la cabeza apenas para observar la figura de un hombre que se encontraba frente a Bella, quien yacía de espaldas a Adam. Notó su cabello largo, y sus ropajes. La ira le recorrió las venas al muchacho. Maldijo por dentro a los piratas procurando no hacer ruido. No iba a entrar todavía, ya que no tenía un plan y no sabía cómo demonios actuar, así que se quedó allí, observando, con la guardia alta por si sucedía algo inesperado. Temía por Bella; quería entrar, protegerla, rodearla con sus brazos y preguntarle si estaba bien, pero eso los conduciría a ambos a la tumba; ella no merecía una muerte tan temprana.

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Re: Don't judge the picture by the frame, every man is not the same {Privado}

Mensaje por Bella N. Travaglini el Miér Ene 18, 2012 10:30 pm

¿Cómo era que se metía en tantos problemas? Las personas regulares, solían tener una vida tranquila, sin sobresalto alguno, excepto claro, cuando enfermaban o morían, pero el caso de Isabella Travaglini era una historia abismalmente diferente. Tenía un imán, pegado al cuerpo que la obligaba a redirigir sus pasos al peligro y a las aventuras, incluso cuando ni siquiera era su intención hacerlo. Esa era la razón por la que vivía en el castillo cautiva de un rubio malhumorado, en lugar de en su humilde hogar con su padre, rodeada de sus divertidas extrañezas. Y suponía que también era la causa de que en ese justo momento, en que debería estar tirada sobre la superficie suave de su cama, leyendo página tras página de esa historia de aventuras, estaba ahí, de pie, con un hombre de aspecto salvaje, con el cabello sucio y algo similar al maquillaje para ojos, apuntándole con el filo de una espada.

Estaba asustada; desde luego que sí. Podía escuchar los latidos ensordecedores de su corazón retumbando contra su pecho, y la temperatura cálida abandonar sus manos para concentrarse en sus piernas; su cuerpo le decía que corriera, que se alejara del arma punzocortante, pero su cerebro, que poseía inteligencia, le pedía que esperara. No podía contar con que un… ladrón, tuviese piedad de las reacciones espontáneas de su cuerpo, se obligó a respirar con tranquilidad, dándole tiempo a su corazón para apaciguarse, sus manos se encontraban tensas sobre su vestido por lo que despacio, abrió cada uno de sus dedos, sintiendo un pequeño dolor punzante al recuperar el movimiento fluido de su sangre.

Sacudió la cabeza contrariada por el apodo; ella no era una princesa, ni siquiera una doncella, era una campesina y estaba completamente satisfecha de sus orígenes humildes. Sin embargo no abrió la boca, porque la orden había sido clara. Ningún sonido debía provenir de ella. Obedeció, tanto como su instinto rebelde se lo permitía; observó a su alrededor, perdiéndose en las decoraciones desgastadas de la habitación. Adam casi nunca le permitía merodear por ahí, las únicas veces que Bella logró escabullirse dentro, habían sido por curiosidad desmedida y la segunda solo para probar la paciencia del príncipe. Secretamente, cuando la castaña se encontraba molesta, adoraba el hecho de hacerle perder los estribos al rubio. Era algo de lo que no estaba orgullosa, pero tenía plena confianza en que nadie la odiaría por hacerlo, Adam era como… como… tener una astilla enterrada en un dedo. Imposible de remover con facilidad y horriblemente dolorosa. El príncipe no lo sabía, pero sus comentarios podían resultar hirientes cuando el estado de ánimo de la joven no era exactamente bueno. Miró entonces un cuadro roto y un espejo partido por la mitad. A penas y había un par de muebles que no tenían algún daño, sobrevivientes del huracán Adam.

Intentaba no lucir demasiado sospechosa, pero buscaba algo que pudiera servirle como arma para defenderse si era necesario, y ya que gritar estaba fuera de la cuestión, decidió moverse un par de pasos a la derecha, con movimientos lentos, pero certeros. Su motivación era sencilla, hacer que el ladrón quedara frente a la puerta, con la esperanza de que alguno de los sirvientes lo viera y alertara a… suspendió sus pensamientos, arrugando el entrecejo ¿A quién alertarían? Su padre estaba lejos, en el pueblo y Adam, bueno, él la odiaba, probablemente no le importaría si su sangre fuese derramada en la habitación, a menos que esta manchara sus preciosísimas alfombras.

-¿Puedo…? –la pregunta se quedó a la mitad, porque el sonido proveniente de sus labios era apenas un hilillo de voz. Se aclaró la garganta, decidida a parecer valiente -¿Puedo saber que buscas aquí? –Observó al hombre, memorizando sus rasgos. Con la luz correcta, podía ver que no era exactamente un adefesio, pero el hecho de que entrara al castillo armando con una espada, lo hacía el equivalente a un monstruo a los ojos de la francesa. Había desafío en la mirada de la joven, pero en la del hombre, Bella pudo notar una ausencia de miedo que le heló la sangre.



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