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Ever just the same, Ever a surprise. -Bella ♥- 5 5 2

Ever just the same, Ever a surprise. -Bella ♥-

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Ever just the same, Ever a surprise. -Bella ♥-

Mensaje por Adam Di Giudici el Mar Ene 31, 2012 4:00 am

I know my dreams are made of you; of you and only for you.
Your ocean pulls me under, your voice tears me asunder;
Love me before the last petal falls.


La suave brisa de la primavera golpeaba contra su rostro, despeinándole los cabellos rubios. Adam se encontraba apoyado en una gran estatua de mármol en medio del jardín, esperándola. El tiempo pasaba, y a pesar que le había pedido encontrarse a las cinco en punto, él había llegado antes. Irónico; el castillo estaba a un paso, el príncipe era el dueño de todo, pero el hijo de la cocinera le aconsejó no hacerla esperar. El caminar del sol sobre el horizonte le trajo melancolía, porque eso indicaba únicamente que el tiempo pasaba; a él le quedaba cada vez menos. La rosa en su habitación tenía pocos pétalos; los caídos yacían bajo ella, muertos, sin brillo. No podía calcular si tenía días, semanas, o meses. La bruja había dicho un año, y apenas habían pasado nueve meses, pero se sentía tan vacío por dentro, sumándole también sus ataques, que dudaba llegar a cumplir el año. Ese día había despertado después de estar una semana inconsciente; se encontraba más delgado y pálido que de costumbre, y como los sirvientes le anunciaron que Bella lo había cuidado, quiso hacer algo especial para ella. Mejor ahora que podía, se dijo, que esperar una visita en su lápida.

Se había arreglado; no se notaba a simple vista, pero tenía ropas impecables por más que no fuesen formales, y traía puesta una de sus colonias favoritas. ¿Por qué? Quién sabe, quizás se debía a la joven que estaba esperando, cual se robaba sus pensamientos desde que abría los ojos en la mañana, hasta que los cerraba para conciliar el sueño. Era cierto que se pasaban la mayor parte del día discutiendo, todo por el temperamento del muchacho junto a los atrevimientos de la joven. El agua y el aceite; el día y la noche. Tan diferentes y Adam la amaba con locura. Aunque decírselo no era cuestión de orgullo, sino porque ella jamás podría querer a un intento de hombre como lo era él. Frecuentemente se lamentaba por haber sido tan grosero desde el principio, empero él ya no tenía oportunidad de cambiar, ni de ser feliz. La velada de navidad que habían pasado juntos había sido hermosa. Bella había aceptado bailar con él durante la mayor parte de la noche, y Adam se había comportado como un caballero frente a todos. Su madre, en aquel sueño, le había dado esperanzas; esperanzas que permitieron vislumbrar más sonrisas en el joven, y un lado encantador que creía enterrado bajo escombros de su anterior alegría. Por supuesto, como producto de una maldición, luego de aquella noche las cosas regresaron a la normalidad. Incluso una vez, cuando intentó entrar en su cuarto para hablar con ella, la encontró llorando. Era su culpa; él era realmente una bestia.

Posó sus ojos sobre la mesa circular que traía puesta una sombrilla para tapar los rayos del sol. Dos sillas, a juego, un tanto cerca la una de la otra. Sobre la mesa un antiguo juego de té pintado a mano y una bandeja con gran variedad de dulces, que a Bella le encantaban. No pensó en él esta vez, sino en ella, a excepción de un pequeño detalle: sobre su lado, junto a la taza que sería para la joven, yacía un jazmín. Cualquier chico hubiese pensado en una rosa, pero él odiaba las rosas, y optó por regalarle su flor predilecta. Tenía pensado permanecer hasta la noche con su amada, allí en los jardines, así que en el centro reposaba un farol de noche apagado. Si no se equivocaba, tendrían luna llena. Y puede que si se armaba de valor, podía insinuarle algo a Bella con respecto a sus sentimientos. Suspiró, escuchando pasos a su espalda. Separó su cuerpo de la estatua y giró sobre sus talones para contemplar a la hermosa joven que entraba en su campo de visión. Adam no pudo evitar curvar sus labios en una media sonrisa, y a medida que se iba acercando, sus dientes blancos se asomaban. Ella podía opacar a todas las estrellas con su brillo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca caminó los pasos que faltaban hacia la castaña, tomó su mano y besó el dorso. –Gracias por haber aceptado mi invitación. –La soltó con suavidad y le indicó la mesa. –¿Gusta sentarse conmigo, beber una taza de té y mantener una conversación? –dijo, para luego morderse el labio. Estaba nervioso.

Adam Di Giudici
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Re: Ever just the same, Ever a surprise. -Bella ♥-

Mensaje por Bella N. Travaglini el Vie Feb 03, 2012 4:22 am

My eyes adored you, though I never laid a hand on you,
My eyes adored you, like a million miles away from me you couldn't see
How I adored you: So close, so close and yet so far away


Bella solía sentarse en el alféizar de la ventana de su habitación en el castillo para mirar el cielo cambiar de color conforme avanzaba el día, pero también soñando con que algún día podría escapar de la prisión que significaban los cuatro enormes muros del castillo. Se podía ver a si misma de nuevo en su pequeña casa cuidando de los animales, al lado de su estrafalario padre, viviendo una y mil aventuras a través de las páginas de un libro.

En ese momento, se encontraba ahí; mirando por la ventana, con los brazos apoyados sobre la superficie de madera y la mirada perdida… esta vez, no en el cielo, ni en ensoñaciones de una vida que ya no era la suya, si no, en el hombre rubio que esperaba pacientemente al lado de una estatua; fundiéndose con el paisaje. Parecía una efigie más, tan inmóvil, tan frío y tan hermoso que la única explicación que la joven campesina encontraba para su existencia, era que lo había creado un escultor y que los Dioses había exhalado sobre su pecho, dándole vida. Un suspiro se escapó de sus labios antes de que pudiese retenerlo en su pecho. En los últimos meses, algo dentro de ella había comenzado a cambiar en cuanto al príncipe Adam se refería; primero aprendió a soportar sus rabietas, poniendo una sonrisa sobre sus labios, manteniéndose firme en que él no podría destruir la poca felicidad que recolectaba, después, excusándolo por todo, alegando que todo era causa de su enfermedad. Y por último, se dio cuenta de que todo lo que estaba cerca de Adam, mutaba a su alrededor; el odio se había transformado en compasión, está a su vez en ternura… y ahora, ahora no estaba tan segura de que le sucedía. Solo sabía que lo que sea que comenzaba a nacer dentro de ella, debía ser asesinado antes de tener oportunidad de crecer. Porque ¿en qué universo, una simple campesina podría aspirar a… obtener un trozo del corazón de un príncipe? En el dado caso de que Adam de verdad tuviese uno, no estaría destinado a ella, si no a alguna princesa de un reino lejano, que sería tan hermosa como las lluvias de marzo, tan perfecta como los ocasos y tan adorable, que él simplemente se rendiría a sus pies, entonces liberaría a Bella y ella, podría irse a casa. Dio un salto casi golpeándose la cabeza cuando advirtió el peso de sus pensamientos.

Sería libre. Libre para irse. Libre para olvidar su vida dentro del castillo. Libre para olvidar como el rostro cincelado del príncipe se veía en una de esas ocasiones extrañas en que se atrevía a sonreír. Pensar en que no recordaría si sus ojos eran de un tono verde o más bien azul, la aterrorizaba y enviaba un dolor punzante a su pecho. No estaba preparada para irse, era una locura. Porque unos meses atrás, era todo lo que deseaba y ahora… daría su vida entera para pasarla dentro del castillo. No era por las comodidades, ni por el hecho de que los sirvientes, se empeñaban en tratarla como si fuese de la realeza, si no, por él. Retrocedió un par de pasos, apoyando su mano derecha sobre la superficie metálica de la cama, observando de reojo, el vestido blanco que había elegido para ponerse, pero, justo en ese momento –luego de ver a Adam, lucir tan, perfecto –le parecía la cosa más horrible del mundo, como un saco de patatas. Arrugó el entrecejo confundida, Isabella Travaglini, jamás había visto su ropa como horrible, humilde, si… pero hermosa en su particular forma. Sacudió la cabeza y se dejó caer sobre la cama, el cabello castaño formando un abanico sobre las sábanas, se cubrió el rostro con ambas manos y lo frotó ligeramente obligándose a poner todos los pensamientos en pausa. Adam había tenido la cortesía de invitarla a pasar una tarde con él y Bella simplemente no podía presentarse con la cabeza hecha un lio por cosas que al final del día, no tenían sentido alguno. Contó hasta diez, repitiendo en cada número la misma frase.

Diez -“Adam Di Giudici, está prohibido” –Se tomó la cuenta regresiva entera para tranquilizarse. Uno -“Adam Di Giudici, está prohibido” –se puso de pie reanudando la idea de que tenía que preparase para lo que NO era una cita, si no… una convivencia amable. Dando un par de pasos, alcanzó su armario, abrió la puerta del mismo y cerrando los ojos eligió un vestido. No podía utilizar el blanco, porque sabía que su mente le seguiría recordando que era horrible, por lo que dejaba en las manos del azar su vestimenta. Lentamente elevó los parpados, descubriendo entre sus dedos, un vestido de tono amarillo dorado, sonrió complacida dado que se trataba de su color favorito.

En un par de minutos se colocó correctamente la ropa, pasó un listón color crema por su pelo, a modo de diadema, atándolo en la base de la nuca para que no pudiera ser visto a simple vista, dejando su cabello suelto para que las hebras bailaran libremente con el viento. No colocó ni siquiera una gota de maquillaje sobre su rostro, porque no le gustaba tener nada artificial como segunda piel. Una vez lista, se miró en el espejo una sola vez y sonrió. Según su opinión, se veía “bien”, pero para los ojos de cualquiera que la hubiera visto, era hermosa.

Bajó las escaleras, sin cuidado, saltándose un par de escalones en el proceso, pero una vez que sus pies tocaron el rellano que anunciaba el final del descenso, comenzó a caminar con mayor lentitud. Estaba emocionad, los latidos insistentes de su corazón eran la prueba irrefutable. Una vez que estuvo suficientemente cerca, el príncipe terminó de cruzar la distancia que los separaba; Bella tragó saliva, porque a pesar de que la enfermedad corroía la piel nívea del hombre volviéndola ligeramente cetrina, seguía viéndose perfecto. Simplemente perfecto. –Gracias por ofrecerla –respondió con una sonrisa pequeña, empujando lejos todos los pensamientos que no fuesen adecuados. Se dijo a sí misma, que pensara en las heroínas de sus libros, en como ellas arruinaban sus vidas por pequeños errores como mostrar los sentimientos turbios que no encontraban forma, era una amenaza sutil para contenerse cuando el hombre depositó un beso en el dorso de su mano. –Desde luego, será un placer –Elevó el rostro y comenzó a caminar hacia donde los esperaba la mesa preparada. Se sentía tan nerviosa que creía poco probable que su estómago aceptara comida o líquidos, pero de igual manera eligió una de las sillas y tomó asiento. –Me sorprendió de sobremanera que decidiera pasar el tiempo conmigo –no tenía baja autoestima, pero era bastante notorio que no era una de las personas preferidas de Adam.



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Re: Ever just the same, Ever a surprise. -Bella ♥-

Mensaje por Adam Di Giudici el Sáb Feb 18, 2012 3:22 am

Bella era hermosa. No tenía otra palabra para describirla ya que esa era perfecta. Sin una pizca de maquillaje, con el cabello suelto al viento y un vestido amarillo dorado, era su princesa soñada. No la merecía, por supuesto, pero ese era otro tema. Cuando no estaban discutiendo, siempre gracias a su estúpida culpa porque era un grandísimo tonto, ella lograba opacar todo a su alrededor, y hasta hacerle olvidar que estaba por morir en cualquier instante. Si Bella se encontraba cerca, él sonreía como un niño estúpido cual está esperando un regalo en su cumpleaños; si ella le sonreía, se volvía más torpe. Pero Adam tenía una cualidad que le permitía ocultar sus reacciones frente a los demás. Él era el príncipe, él era la bestia; no podía permitirse mostrarle signos de debilidad a nadie, pero ese día, en ese momento, ella estaba logrando que rompiese todo muro que había construido hábilmente para protegerse. A veces reconocía que ya no le tenía miedo a la muerte; ya no le importaba irse por su infracción contra la bruja. Gracias a su preciosa compañera, o mejor dicho prisionera, él había aprendido a conocer muchas cosas importantes y por sobre todo, había sido feliz.

Carraspeó, asintiendo con la cabeza antes las palabras de su acompañante. No, ella no tenía que agradecer nada. Él sí, porque gracias a ella su mundo tenía una luz. Adam se apresuró a acercarle la silla cuando se sentó, para luego bordear la mesa y tomar asiento frente a ella. –¿Realmente la sorprendió? –Mordió su labio, negando con la cabeza–. Soy un desconsiderado y un tonto entonces por no haber pasado mis ratos antes con usted –confesó, mostrando un asomo de sonrisa. Realmente lo era y se odiaba por eso. ¿Qué no podría haber disfrutado más las tardes junto a Bella? ¿O algún que otro paseo por los jardines? Un estúpido pero el más grande de todos, cual se percató algo tarde que le quedaba poco tiempo y quería aprovecharlo. Ese día no había querido sirvientes que se entrometieran, por lo que les había otorgado la tarde y noche libres para que hicieran lo que quisiesen. Menos, por supuesto, rondar cerca de ellos. Por eso Adam era el que debía encargarse de todo. Con un pulso terrible tomó la tetera y sirvió el té, primero en la taza que le correspondía a su amada, y luego en la suya. Dejándola a un costado, le ofreció el azúcar y los bocadillos que a ella le gustaban. Aún así, no podía dejar de mirarla, porque era una hermosa flor entre un jardín verde; una flor que resaltaba y cautivaba a todo ser capacitado para razonar. –Todo es para darle las gracias. Merece más que… esto, lo sé, pero quería hacer algo pronto para demostrarle lo agradecido que estoy con usted, joven Bella, por sus cuidados y por no haberme abandonado. –Tragó saliva. Sin ella, dándole apoyo y fuerza no sabía que hubiera sucedido con su persona. Porque a pesar que tenía a los sirvientes, o a médicos, nada se comparaba con la presencia de su princesa. Sí, para Adam, Bella ya era una princesa de alma.

Bebió un sorbo del té sin apartar sus ojos claros de la joven, saboreando el gusto. Había aprendido a disfrutar muchas cosas que antes no hacía más que despreciarlas, o pasarlas desapercibidas. Incluso unos meses atrás hubiera arrojado la taza de té contra uno de los muros y había escupido en las caras de sus cocineros que estaba horrible, por más que no lo estuviese. Su temperamento había sido el peor, y no es que mejorase mucho, pero estaba siendo controlado. –Quiero creer que ha disfrutado, al menos, de las mañanas incluso. Me sentiría algo culpable si hubiese ocupado por completo su tiempo –le comentó, soltando una risa por lo bajo. Cuando él estaba dormido, no había nada que pudiesen hacer sino esperar que despertase. –Puedo ver que sus mejillas están llenas de color, así que me atrevo a deducir que ha visto el sol. –Estaba hablando más de lo que lo había hecho en bastante tiempo, y con un humor agradable, aspecto que podría extrañar a medio planeta tratándose del príncipe.
Sabía que podía arruinarlo de un segundo a otro, por lo que intentaba pensar antes de hablar; medir sus comentarios, intentar que todo resultase perfecto. En el pasado, todos sus encuentros, por más que hubiesen sido impensados e imprevistos, terminaban a los gritos con ambos enojados y metidos en sus habitaciones. La única noche que había culminado bien había sido la del baile que ella había preparado, en navidad, en su honor. Un baile sorpresa al cual habían acudido individuos de todos los reinos. Suspiró; cada vez que recordaba esa noche sentía un nudo en el estomago porque no se había atrevido a besarla. Y quería hacerlo ahora, porque sus labios tentadores lo estaban llamando. Cada vez que sonreía, o reía, o los curvaba en una mueca cualquiera.

Petrificado se había quedado observándola. Sacudió la cabeza, ligeramente apenado. –Lo siento, es que usted se ve muy hermosa este día y no he podido evitar quedar maravillado. –A pesar que ella no había dicho nada, quiso aclararlo. Se llevó la taza nuevamente a la boca, permitiéndole al líquido cálido ingresar a su garganta. Quizás ese comentario no había sido del todo adecuado, pero ella tenía que saber que, para él, no había otra joven en su mundo.

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Re: Ever just the same, Ever a surprise. -Bella ♥-

Mensaje por Bella N. Travaglini el Jue Feb 23, 2012 8:21 am

Isabella Travaglini no solía pensar en el amor. Ella no era como las otras jóvenes de su edad, esas que pasaban días y noches enteras derrochando su imaginación, inundando sus sueños con los rostros de los hombres a quienes anhelaban. Para ser brutalmente honesta consigo misma, Bella debía aceptar, que casi un año atrás, se habría reído por horas si alguien le hubiese dicho que ella estaría sintiendo algo más que una amistad por un hombre. En especial por un hombre que no le iba a pertenecer jamás. Era estúpido, descuidado e incluso infantil. Se sentía una de esas heroínas de los libros, que cedían su voluntad ante el nombre del príncipe encantado, y ella odiaba cada segundo de eso, pero por más que intentara reprimir cada emoción, simplemente se volvía una misión imposible cuan él estaba siendo así de encantador, así de perfecto.

La otra versión de Adam, la que gritaba y destrozaba cosas solo para liberar su ira, era más fácil de repudiar, pero verlo bajo los últimos rayos de la tarde, con la luz mortecina iluminando su rostro, lograba secar su garganta. Era injusto que tanta belleza se concentrara en un solo hombre, irreal. Sacudió la cabeza, elevando una reprimenda interior. Había estado observándolo fijamente, de manera intrusiva, intentando comprender que había sucedido para que él, voluntariamente quisiera pasar tiempo con ella; aunque, quiso suponer que eso se escapaba del conocimiento del príncipe. Por lo que tragó saliva, aclarando su garganta antes de responder.

-Realmente –coincidió rogando al cielo que su voz no sonara tan insegura como se sentía –No esperaba que lo hiciese –había un tono de recriminación que no podía disfrazar. Comprendía que el príncipe era eso; alguien de la realeza que no estaba de ninguna manera obligado a compartir su tiempo con una campesina, pero, en el fondo; siempre le había irritado que su permanencia en el castillo además de forzada fuese solitaria. Desde luego, tenía millones de libros para refugiarse del mundo exterior, pero no se comparaba con la compañía agradable de una persona. Observó la sonrisa del joven, y sonrió en respuesta. Un perfecto reflejo de brillantez y emoción, olvidando el reproche por completo. –Es decir, sé que es un hombre ocupado –a ciencia cierta, no tenía ni la más mínima idea de que hacía Adam en sus ratos libres o, en todo el tiempo. El joven no asistía a las reuniones celebradas en su honor, no departía con nadie y a veces, era como un mueble más del castillo. Inmóvil, austero y ausente.

El joven tomó la tetera y Bella lo vio vacilar ligeramente; sus manos se elevaron para ayudarlo, pero antes de que pudiera soportar el peso del utensilio, él ya la había depositado de vuelta en la mesa. Le ofreció entonces algunos bocadillos, la francesa no se sentía con la fuerza moral de poder dar una sola mordida, pero con una sonrisa eligió el más pequeño, colocándolo sobre su plato.

Arrugó el entrecejo; ¿quería darle las gracias? Ella no hacía absolutamente nada para obtener un agradecimiento. Le bastaba con verlo sonreír. Con saber que al menos su estancia ahí, le había hecho la vida más llevadera. –No debería agradecerme –sacudió la cabeza de manera negativa, pero siendo cuidadosa de no perder la compostura. –Todo lo que hice, lo hice porque así lo deseaba –si debía agradecerle a alguien, sin duda alguna era a su padre. Después de todo, era ese hombre de ideas extravagantes quien le había inculcado a Bella buenos sentimientos, quien le había mostrado como ser agradable, aunque la persona fuera peligrosa.

Tomó la taza por el borde, sus dedos jugueteando con el asa, decidiendo que si el príncipe se había tomado la molestia de preparar cada detalle para hacerla sentir cómoda, lo menos que podía hacer era tomar el té y dejar de lado sus emociones revolucionadas. Se acercó la taza a los labios, para luego dejar que el agua tibia recorriera su garganta, dejando un sabor dulce sobre su lengua.

-Casi todo el tiempo lo paso en el jardín –reconoció tras un minuto, casi siempre se refugiaba bajo la sombra de un manzano, pasaba horas con la nariz escondida tras un libro, sintiendo la caricia del viento sobre su rostro y el césped húmedo bajo su cuerpo. Eran sus momentos perfectos. Que nada, ni nadie podían arruinar. –Es tan hermoso –dijo a modo de cumplido. Su castillo entero era la representación exacta de la exquisitez, de un sueño hecho realidad. –A usted le hace falta un poco –una risita se escapó de sus labios, porque aceptaba que el hombre fuera de piel tan blanca como la nieve misma, pero, vivir entre las sombras solo lo acentuaba.

La estaba viendo.

La observaba de manera inquietante.

Su mano inmediatamente recorrió su rostro, en busca de algún desperfecto, quizá una mancha del bocadillo que no había comido, pero al escuchar sus palabras, no pudo evitar sentir la sangre bullir en sus mejillas. Estaba segura de que se había sonrojado, bajo los parpados, mientras se otorgaba un par de segundos para relajarse. Se repitió incansablemente que estaba intentado ser caballeroso, que sus modales lo incitaban a realizar ese tipo de comentarios, hasta que se convenció de ello y por fin pudo abrir los ojos. No había pasado más de un minuto, pero el silencio se había instalado en el lugar.

-Es usted muy amable y considerado –la última palabra, había sonado exactamente como la pronunció, pero, lo que realmente quería decir era “condescendiente”. Estaba acostumbrada a que los hombres halagaran su belleza física, pero eso solo la ponía de mal humor, la hacía pensar en Gastón. –Pero no es necesario que diga esas cosas –no quería que dijera nada así. Porque, comúnmente, después de un halago, venía un insulto disfrazado, o al menos eso sucedía con el ya pronunciado Gastón.

-Me alegra ver que hoy se siente mejor -alcanzó el bocadillo que yacía sobre su plato, forzándose a dar un mordisco. Últimamente su salud era deplorable, y, la única vez que lo había visto así de entero, fue en el baile de Navidad. –Quizá la enfermedad este remitiendo –Bella no sabía qué enfermedad lo aquejaba, él jamás se lo había contado; pero los rumores decían que estaba hechizado, el problema con esa teoría, era que Bella no creía en ese tipo de magia.



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