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In the depth of winter, I finally learned that within me there lay an invincible summer. {Anne}

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In the depth of winter, I finally learned that within me there lay an invincible summer. {Anne}

Mensaje por Cenicienta Van Lindström el Miér Feb 01, 2012 7:07 pm

El invierno había llegado, atacando el pueblo como una manada de salvajes hambrientos. Los ciudadanos casi no salían de sus calientes hogares, a excepción de las compras. Por ese motivo peculiar, aquella tarde, Lady Tremaine encomendó a la muchacha de los cabellos dorados acudir al mercado. Cenicienta no puso objeción alguna pero su rostro mostró tristeza y un berrinche. Sabía por qué lo hacía su madrastra: no quería que el pueblo reconociese a la joven sirvienta, y aprovechaba el escaso transito de las calles para exprimirla al máximo. Cubrió su frágil piel de prendas hasta la cabeza, tanto que únicamente se le veían los ojos celestes a través de tanta ropa. Llevaba una canasta grande debido a que la lista exigida era bastante larga. Sus hermanastras cuchicheaban con descaro, observándola desde sus sillones acolchonados a un lado de la chimenea encendida. El mundo albergaba personas crueles; ellas pertenecían a ese grupo que la muchacha comenzaba a considerar era bastante amplio. La mujer de ojos fríos como el hielo, que se juntaba en los bordes de los lagos posteriormente congelados, la empujó a través del umbral. Ella trastabillo, enredándose con sus propios pies, cayendo de rodillas en la entrada de su tortuosa casa. El suelo transmitía la sensación de haber entrado en un iceberg; Cenicienta dedujo que no faltaría mucho para que comenzara a nevar a pesar que en esos momentos sólo se hacía presente una ventisca capaz de arrancar plantas de raíz. Se puso de pie como pudo, cubriéndose el cuello con la bufanda colorida que ella misma había tejido. El abrigo que llevaba no era lo suficientemente caliente, mas cuando comenzara a caminar su cuerpo podría entrar en calor, y aguantar los ataques de la estación presente.

Abrazaba su propio cuerpo al luchar contra los pesados vientos. El mercado estaba vacío a excepción de los vendedores que, lloviera o cayeran meteoritos, fieles permanecían en sus puestos. Para su suerte le quedaba comprar… ¿velas aromáticas? Odió a su familia por un momento, aunque ese sentimiento no tenía que estar presente en Cenicienta. Ella se caracterizaba por su bondad y buen corazón, como también por su alma soñadora. Sentimientos negativos no tenían lugar en su vida. Llegó hasta el último puesto donde una señora avanzada en edad posó sus ojos oscuros en la ojiceleste. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la muchacha, y no era provocado por el clima. Miedo. La señora se atrevió a tomar su mano; acto seguido, cerró los ojos y comenzó a murmurar palabras inentendibles, en otro idioma, acompañando su actuar con movimientos extravagantes. La sirvienta quería huir de allí cómo una vengala en navidad. Se zafó del agarre, sonriéndole. –Lo siento mucho, me encantaría quedarme –mintió, –pero tengo prisa. ¿Podría darme cinco velas aromáticas traídas de la India? –le dijo, notando como su corazón latía igual que el galopar de un caballo. Cuando tuvo en sus manos la compra, pagó y salió huyendo lo más rápido que pudo. Nunca se había sentido de esa manera; a pesar de no reconocer las palabras de la mujer, intuía que no era nada bueno. Caminaba por inercia, aún pensando en el episodio del mercado cuando de repente un pañuelo traído por el viento se enredó en su cabeza, tapándole la visión. Aferró sus manos en torno a la canasta para no arrojarla al suelo; empero, no podía quitarse el pañuelo. Giró sobre su lugar, dejando escapar de sus labios ruidos extraños hasta que su frente pegó con el soporte de un farol nocturno. –Ouch. –susurró, retrocediendo tres pasos. Había quedado tonta, más de lo que ya era. Estaba a punto de agacharse para dejar lo comprado y así despojarse de lo que obstruía su visión cuando una mano suave lo quitó. –Muchísimas gracias, ¡se lo agradezco! Soy tan torpe que… –giró mientras hablaba pero cuando se encontró con unos ojos claros como los suyos, y cabello oscuro como la noche, una amplia sonrisa cubrió su rostro. –¡Anne! –gritó, despojándose de la canasta, arrojándose a los brazos de su amiga. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se habían encontrado. Sentir la calidez de su cuerpo iluminó su mirada, al igual que su día a pesar del mal tiempo. Al separarse no pudo evitar dar unos saltitos de alegría en el lugar, abandonando toda madurez que comúnmente tenía. –¿Tú también por aquí? ¿Has osado salir a la intemperie con éste ataque de la naturaleza? ¿Y el motivo? –Rió luego de sus palabras. El clima pareció oírla, por lo que una fuerte ráfaga golpeó contra ellas y su contexto, sacudiendo los arboles pelados de hojas, amenazando con quitarlos de su sitio. Como si fuera poco, el sonido que provocaba el viento era desgarrador. Cenicienta tomó la cesta, nuevamente, con una mano y aferró el brazo de Anneliese con el otro. –Será mejor que salgamos de aquí o podríamos terminar en el pueblo vecino de tanto que nos arrastrará. ¿Te parece entrar a una taberna por un chocolate caliente? –No planeaba dejar ir a su hada madrina; ambas deberían tener muchas cosas para contarse.



Soñar es desear la dicha en nuestro porvenir. Lo que el corazón anhela se sueña y se suele vivir.
Si amor es el bien deseado en dulces sueños llegará. No importa quién borre el camino;
marcado está un destino y el sueño se realizará.
El sueño quizá seas .

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Re: In the depth of winter, I finally learned that within me there lay an invincible summer. {Anne}

Mensaje por Anneliese G. Schäfer el Sáb Mar 10, 2012 3:32 am

Si le hubieran dado a elegir solo una estación, sin pensarlo dos veces, Anneliese hubiera elegido el invierno. A diferencia de muchos, ella disfrutaba de las heladas tardes y las calles cubiertas de nieve y en esta ocasión, Ulrika parecía querer consentir a la castaña. Aunque el frío cada vez empeoraba más, al igual que el humor de su padre y su prometido, quien para su terrible desgracia, había tenido que acompañarlos en su viaje a uno de los reinos preferidos de Anneliese. Lo único detestable que encontraba en todo aquello, era que si llegaba a nevar, tendrían que encerrarse dentro de cuatro paredes y la castaña debía de buscar e idearse pretextos creíbles para así mantenerse alejada de la gente molesta.

Durante el transcurso del desayuno, el tema de conversación había sido el favorito de su padre: "Critiquemos a Anneliese". Aldric no tardó mucho en animarse a participar en aquella animada conversación y la castaña simplemente tuvo que dedicarse a contemplar su plato y a comer en silencio. Sus mejillas enrojecían cada vez más y la cabeza le daba terribles punzadas. No aguantó por mucho tiempo así que se levantó y educadamente se disculpó por sentirse algo indispuesta. Se apresuró a encerrarse en su habitación y se tumbo en la cama. Sentía unas terribles ganas de huir, pero ¿a dónde? Ataúlfo fue el primer lugar que cruzó por su mente, al igual que aquellos ojos azules que no podía sacarse de la cabeza. Sentía una terrible necesidad de volver a verlo y mientras debatía estas alocadas ideas, se quedó dormida. Pasó cerca de una hora y se despertó sobresaltada. Frunció el ceño mientras se acomodaba el cabello y se asomaba por la ventana. Debía hacer mucho frío, pero necesitaba salir a distraerse un rato. Se abrigo lo suficiente y salió con cautela de su habitación. Todos parecían estar ocupados, así que nadie se percató de la repentina salida de la ojiazul.

No había avanzado más de dos cuadras y el viento había comenzado a aumentar de intensidad. La castaña estaba segura de que no tardaría mucho en ser arrastrada, pero prefería morir en el intento a tener que regresar y quedarse toda la tarde encerrada en su habitación. Estaba segura que a pesar del clima, las tiendas y puestos del mercado estarían abiertos. Al llegar a aquella zona, comenzó a merodear. Un par de anillos, collares y aretes terminaron en sus bolsillos pero a cada paso que daba, el clima empeoraba más y más por lo que resignada había comenzado a caminar de regreso hasta que se percató de una figura que se movía con poca agilidad. Sonrió divertida hasta que aquella figura termino golpeándose contra el poste. Se apresuró a auxiliar a aquella persona y retiró el pañuelo que le obstruía la visión. Una alegre sonrisa se dibujó sobre sus labios y antes de poder decir algo recibió un abrazo. Aquellos cabellos rubios y ojos azules pertenecían a una de las pocas personas que eran del agrado y sobre todo, de la confianza de Anneliese.
-¡Ceni! - Exclamó alegremente mientras correspondía el abrazo. -¿Qué se supone que hacías, por qué peleabas con un pañuelo? - Preguntó con una sonrisa divertida. -Me parece que yo salí a desafiar la naturaleza por voluntad propia, pero no podría decir lo mismo de ti. - Frunció el ceño al notar que cargaba con una cesta del mandado. La sujeto firmemente del brazo. Se alegraba bastante de haberla encontrado y de no tener que pasar sola el rato. -Por supuesto, te sigo ya que la experta en tabernas de Ulrika, debes ser tú. -Le guiño un ojo. Tenía tanto que contarle y estaba segura que ella debía tener muchas cosas que contarle también. Sentía un cariño muy especial por la rubia, quizás porque de cierta forma se identificaba con ella y ese era el motivo por el cual había decidido volverla su protegida.




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Anneliese G. Schäfer
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