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Help me, get my feet back on the ground. Won't you please, please help me! {Chuck}

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Mensaje por Cenicienta Van Lindström el Miér Feb 01, 2012 7:17 pm

Una visita familiar a Ahnalt, Alemania. Su madrastra no la dejaría sola en Ulrika por nada del mundo; sabía ya que Cenicienta era la dueña del zapato de cristal por más que no se lo hubiera dicho, y la muchacha, astuta, podía leer la verdad en sus ojos malvados. Por lo tanto, cuando ella y sus dos hijas fueron invitadas a una cena en el castillo real, decidieron llevar a la sirvienta. ¿Para qué? Para seguir cumpliendo sus funciones de esclava. Las cuatro mujeres se hospedaban en la casa de un duque casi en las afueras del reino, pero con tanta amplitud que podían caber cinco familias completas. La joven estaba emocionada porque, de esa forma, quizás llegaría a tener trato con otras personas; no obstante, estaba equivocada. Lady Tremaine le prohibía relacionarse con alguien que no fuese su propia sombra y no hacía más que hablar mal de la joven frente a todos, alegando comentarios falsos. Sólo personas ignorantes podrán fiarse de sus palabras. Y al parecer, en su totalidad, estaba rodeada de gente falta de cerebro. Se pasaba todo el día encerrada en el ático, porque ese era el único sitio disponible para una jovencita como ella. Estando allí conversaba con algunos ratones que iban y venían; no obstante, hasta ellos la ignoraban. Aburrida y triste, no sabía cómo pasar el tiempo. Pensar en el príncipe Alexander tampoco era bueno, ya que lograba deprimirla. Tendría que olvidarse de él si quería ser un poco más feliz. Gracias a quien sabe qué, al cuarto día, su suerte cambió. Cenicienta descubrió una trampilla bajo el colchón que utilizaba para dormir, que conducía a un pasadizo secreto. No se detuvo a pensarlo dos veces; se metió siendo arrastrada por su curiosidad, sin saber a dónde llegaría. Deambuló dentro de ella metros y metros, ensuciando el vestido beige que traía puesto. A lo lejos divisó luz por lo que apuró el paso, llegando hasta otra trampilla algo destruida. La abrió, asomando sus ojos con cuidado, examinando su alrededor; estaba despoblado de humanos. Salió de ella, sacudiéndose la tierra y peinándose con los dedos. Miró con detenimiento. La granja. Paja por doquier, gallinas dando vueltas, patos, cinco vacas acomodadas detrás de una cerca de madera. Una sonrisa alegre cubrió el rostro de la rubia. ¡Era libre! Bailó en su lugar, llamando la atención de los animales, consiguiendo espantar a las gallinas. La granja estaba lejos de la casona; por lo tanto, nadie se percató de la huida de la prisionera.

Hacía buen tiempo a pesar de estar en otoño; las hojas color cobre caían de a poco para acumularse en el suelo. El sol se asomaba por entre algunas nubes esponjosas llenando el ambiente de calidez. Cenicienta caminaba feliz por entre los arboles del bosque; su andar la codujo hacia ese lugar y no al pueblo. Lo prefería así, ya que estar rodeada de tanta gente podría condenarla a permanecer encerrada en ese ático si cruzaba a alguien que la reconocía. Ardillas, conejos, aves silvestres de todo tipo. Un sitio ideal para permanecer, pensó la joven de orbes celestes. La naturaleza la llenaba de vitalidad. A ésta no le importaba si la rubia tenía dinero o no, si era buena limpiando o un fracaso; ella la aceptaría por sobre todas las objeciones que el mundo tenía contra su persona. Por un momento la idea de quedarse a vivir allí cruzó por su cabeza, mas se esfumó antes que pudiera dar otro paso: no sobreviviría. ¿Qué comería? ¿Dónde dormiría? ¿Cómo soportaría el frio invierno? Fue en ese instante cuando se percató que no sabía nada acerca de la vida. Era una simple ignorante, una joven preparada para trapear piso. Ceni no servía para nada más. Haciendo una mueca que mostraba decepción, apoyó la espalda contra un árbol gigantesco. ¿Ella había soñado con ser princesa? Suspiró, adelantando un pie para continuar caminando pero se le hizo imposible cuando, de un segundo a otro, se encontró de cabeza, colgada de una rama, sostenida por una cuerda del pie. –Oh por dios, oh por dios. ¡Ayuda! –gritó. Una trampa. Se sentía mareada, no le gustaba estar colgando en el aire. Los rubios cabellos le tapaban la visión pero ella se empeñaba en separárselos. Giraba por la gravedad, y la sangre se le estaba acumulando en la cabeza, provocándole más dolor. –¿Hay alguien aquí? Por favor, sáquenme… –susurraba, incapaz de seguir gritando. Sin embargo, de repente, comenzó a sollozar. –SÁQUENME –pataleaba, meciéndose de un lado a otro. Creyó ver una sombra detrás de un árbol cercano. –Oiga, sí, ¡usted! ¿Entiende lo que digo? Ayúdeme. –Su alemán era bastante malo. Siguió sollozando como una niñita. De verás, ella en medio de un bosque, podía ser comida de osos en un periquete.




Soñar es desear la dicha en nuestro porvenir. Lo que el corazón anhela se sueña y se suele vivir.
Si amor es el bien deseado en dulces sueños llegará. No importa quién borre el camino;
marcado está un destino y el sueño se realizará.
El sueño quizá seas .

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Cenicienta Van Lindström
Sirvienta || Futura princesa de Ulrika

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Re: Help me, get my feet back on the ground. Won't you please, please help me! {Chuck}

Mensaje por Chuck Strzechowski el Vie Feb 03, 2012 5:30 am

Chuck era ese tipo de chico del que todo el reino solía burlarse, ese al que miraban y susurraban cosas hirientes a sus espaldas, pero; lo que las personas no sabían era que al joven no podía importarle menos lo que dijesen de él. Y no se trataba de un asunto de egos desmesurados o de autoestimas tan altas como las torres de un castillo, sino de su ingenuidad. Él tenía una teoría acerca de por qué las personas intentaban destruir todo lo que era diferente, y esta explicaba que se trataba simplemente de un caso de incomprensión, por ello, creía que debía darle una segunda, tercera o cuarta oportunidad a todo el mundo. Algo estúpido, desde el punto de vista de la mitad de la población mundial, pero justo y también necesario según Chuck. Su madre, le había enseñado buenos modales, así como también había sembrado en él buenos sentimientos. El joven, era una de las pocas personas que podía decirse que era puro de corazón y quizá, eso mismo era lo que lo había condenado a vivir recluido en dos pieles distintas. Nunca hablaba de ello, ni de cómo la reina dio un giro de °160 dejándolo apenas de pie.

A pesar de que la distancia entre el castillo y el moreno, era gigante, podía sentir en los huesos la otra parte de él que todavía no aprendía a tolerar del todo. Aunque, siendo honesto consigo mismo, las veces que había cambiado, cuando el miedo había remitido lo suficiente, podía encontrar un poco de diversión en cambiar su apariencia. En lucir como el hombre que probablemente su madurez nunca llegaría a alcanzar. No reconocerse en el espejo, resultaba algo completamente extraño, pero le daba la ventaja de no ser reconocido. Para alguien con más ambición y con el alma más oscura, hubiera sido el escenario perfecto para cometer fechorías, pero para el pequeño héroe, era más bien una oportunidad de proteger a los otros. Con su apariencia normal, nadie lo respetaba, todos lo trataban como un simple desecho de la sociedad, alguien que resultaba prescindible. Su segunda piel, lo hacía alguien imponente, capaz de desempeñar su papel como caballero sin insignia con mayor facilidad.

Hacía exactamente dos meses en que no había cambiado y comenzaba a pensar si todo había sido solo una ilusión de su mente agitada. Porque si, sonaba fantasioso el hecho de decir que una reina lo había elegido como portador de una maldición solo para convertirlo en un asesino con capacidad camaleónica de camuflaje. Sacudió la cabeza deshaciéndose de sus pensamientos. Ahí, dentro del límite circundante de Ahnalt, estaba a salvo. No había manera alguna de que la reina conociera sus movimientos ni de que lograra encontrarlo. Pero siempre quedaba la duda; el no saber si ella sería tan poderosa como para cazarlo. La forma más accesible de entrar en el reino, era por el bosque, por ello, secretamente, colocaba trampas diseñadas para atrapar… conejos, pero le gustaba creer que podían atrapar reinas malvadas si se les daba la oportunidad.

Todos los días, religiosamente acudía a revisar una por una las trampas; asegurándose de liberar a los animales pequeños que terminaban aprisionados. No tenía el corazón para dejarlos ahí cuando no era una guerra contra ellos la que estaba librando. Así que cuando entró en el bosque y escuchó una voz femenina, no pudo hacer más que sorprenderse por sus emociones encontradas. Estaba emocionado, porque había resultado, alguien había caído en su pequeña trampa, pero también se sentía ligeramente asustado, porque no sabía de quien se trataba. Intentado ser sigiloso, comenzó a caminar saltándose las hojas que podían provocar ruido a su paso.

Pegó la espalda al tronco rugoso de un árbol, mientras pensaba en un buen plan de ataque ¿Qué debería hacer? Saltar y amenazarla era la respuesta más viable, pero había un pequeño problema con los detalles de ese plan. La navaja que poseía era pequeña y solo confiable para cortar sogas, no para amedrentar a nadie. Entonces, mientras el divagaba entre tomar una roca y apedrearla o simplemente dejarla colgando ahí mientras tomaba un arma contundente, la voz de la mujer se hizo presente de nuevo. Era dulce y contenía un acento diferente, uno que no pertenecía a nadie del país. Se dio la vuelta, saliendo de su escondite; pero no esperaba encontrarse con una mujer con una mata de cabellos dorados cubriéndole el rostro, una mirada ligeramente más arriba, lo dejó ver un par de piernas delgadas cubiertas a medias por un vestido sucio. Otro en su lugar, habría devorado a la mujer con la mirada, demostrando lascivia en sus acciones, pero; la desconocida tenia suerte de que se tratara de Chuck, puesto que solo hizo una mueca y sacudió la cabeza mientras regresaba su mirada a la masa amorfa de cabello, donde se suponía que debía estar su rostro.

-Te ayudare en un minuto –el joven no entendía de las reglas del comportamiento, para él todos eran iguales y no veía razón alguna para hablarles de “usted”. Dio un par de pasos, mientras se rascaba la cabeza con confusión, no lucía como una reina malvada, pero podía estar disfrazada -¿Eres humana? –preguntó con total seriedad, esperando una respuesta que le indicara que era seguro bajarla de ahí –Porque si eres algún tipo de ser mágico, puedes estar segura de que no dejare que claves tus dientes puntiagudos en mi –aseguró blandiendo la navaja frente a su rostro –las ratas me han advertido todo sobre los seres mágicos, no puedes engañarme –dijo como frase final, antes de guardar silencio para dejar espacio a que ella hablase.

Chuck Strzechowski
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